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Ricard V. Solé
Vicente Salas
La complejidad de un sistema tiene que ver con su capacidad de adaptación/reacción ante un entorno incierto (un aeropuerto es mucho más complejo que una lombriz de tierra). La función es una prestación que resulta de una selección –la pluma emergió sin función pero, cuando cambió el clima a más frío y húmedo, la pluma adquirió una plusvalía: proteger; luego sirvió para volar... ¡y para escribir! ¿Qué relación existe entre función y complejidad? ¿A más función más complejidad? En el entorno socio-económico, una mayor funcionalidad –de las sociedades, de las empresas- va aparejada a una mayor complejidad. Las grandes urbes, así como las grandes empresas, son capaces de acoger múltiples funciones que se enriquecen mutuamente. Unas y otras disfrutan de economías de gama (sinergias por ofrecer simultáneamente diferentes productos o servicios) y de la capacidad de ser más eficientes al compartir recursos escasos (un gran aeropuerto, una potente marca comercial, etc.). ¿Cuál es el límite a esa complejidad?, ¿Cuál es la trascendencia de lo superfluo? ¿Conviene arrastrar un exceso de complejidad? ¿En qué momento es preciso dejar de crecer y cómo hacerlo?
CosmoCaixa Barcelona
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