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Estudios y Análisis Económico > Información económica > Informe Mensual > Recuadros temáticos 19-5-13
Informe Mensual, núm 287 - Enero 2006
Coyuntura internacional - Un tema generacional, vacas gordas y vacas flacas
Informe entero sin compactar ( 1,09 MB )

 

  El faraón tuvo un sueño y preguntó a José, y el hábil muchacho respondió que en los siete años de vacas gordas debería ahorrar y proveer para los años de vacas flacas. Con un crecimiento robusto sin inflación, Estados Unidos está ciertamente en años de vacas gordas, pero no se siguen los consejos de José, ya que ni hogares ni gobierno ahorran para lo que pueda venir. Fruto de ello es el creciente déficit exterior, su mayor desequilibrio, y también su mayor riesgo. Durante los años de Reagan, el déficit público era la causa del déficit exterior; con Clinton, la responsabilidad pasó al sector privado. Hoy, con gastos de guerra y apoyos a la actividad, el déficit público vuelve a convertirse en causante del desequilibrio exterior, mientras que las familias continúan con su desahorro.

  Las perspectivas a corto plazo son de mejora, tanto en ingresos como en gastos. En el tercer trimestre de 2005, el déficit corriente total de las administraciones públicas, sin incluir gastos y transferencias netas de capital, se situó en el 4,5% del PIB. De este déficit, la parte más activa es la correspondiente al gobierno federal, que en 2004 fue de 412.000 millones de dólares y representó el 3,5% del PIB. La CBO (Oficina Presupuestaria del Congreso) prevé para 2005 un déficit federal de 331.000 millones de dólares, sensiblemente menor del esperado a principios de año, 390.000 millones, y lejos del valor de 2004. Para 2006 la CBO espera un déficit federal de 314.000 millones, el 2,4% del PIB. Más y mejor, esta mejora se inscribe en proceso de reducción del déficit del que se espera que lo lleve hasta el 0,4% del PIB en 2015. Las cosas parecen enderezarse, pero la economía es la ciencia lúgubre por algo: siempre hay algún punto negativo.

  La mejora es por mayores ingresos y menores gastos, pero el problema es que lo bueno es temporal y lo malo creciente y permanente. La recaudación del impuesto sobre la renta de las personas físicas aumenta al 15% interanual, bien por encima del PIB nominal porque, con el crecimiento, las rentas tienden a evolucionar hacia tramos con mayor tasa de gravamen, y superan los mínimos exentos de tributación. A este hecho se une el final de exenciones fiscales temporales que la actual administración puso en marcha en 2001, algo que ya no se repetirá. En los impuestos sobre beneficios empresariales, el aumento sobrepasa el 30% interanual, muy por encima del aumento de los mismos beneficios empresariales. Las posibles explicaciones de esta discrepancia apuntan a que esta fuente de ingresos se desacelerará drásticamente en el futuro. Si los beneficios se han subestimado momentáneamente en las cuentas nacionales, éstos están hoy en un máximo insostenible; si la causa son cambios legislativos, o cambios de prácticas contables, la conclusión es la misma ya que estas mejoras tampoco pueden darse continuamente. El ritmo de aumento de esta recaudación también debe disminuir.

  Por el lado del gasto, podemos distinguir entre gastos discrecionales, que varían muy sensiblemente con las decisiones de la administración, y gastos obligatorios, menos volátiles. Durante los últimos años ha habido un fuerte aumento de los gastos discrecionales, motivado por la guerra de Irak y por unas necesidades de defensa nacional cuyo epílogo ha sido paliar los efectos del huracán Katrina. Se alcanzó un máximo a mediados de 2003, justo al final de la campaña de invasión de Irak, pero después han venido desacelerándose, provocando la mejora presupuestaria actual. Hasta aquí las vacas gordas.

  Cuando miramos los gastos obligatorios aparecen las vacas flacas. A partir de 1946, primer año de paz tras la II Guerra Mundial, en Estados Unidos hubo un fuerte incremento de nacimientos, dando lugar a una oleada demográfica numerosa que ha venido a ser llamada la generación del baby boom. En los sesenta fueron a Vietnam, el Ford Mustang fue diseñado para sus años mozos, soñaron con Luther King y aplaudieron a Elvis y a Bob Dylan. De hippies pasaron a yuppies y compraron casas y acciones, y ahora se retiran. En 2008 los primeros babyboomers tendrán 62 años, edad mínima para acogerse a los beneficios del retiro estatal. En 30 años, los mayores de 65 años se habrán doblado, y se pasará de 3,25 a 2 personas trabajando por cada jubilado. Así, los gastos de la seguridad social, que ahora crecen al 5,5% interanual, se irán acelerando.

  Pero la cosa no acaba aquí. La Seguridad Social es sólo uno de los tres capítulos principales del gasto público. También está la sanidad con los programas Medicare y Medicaid, y aquí, el aumento esperado del gasto aún es mayor. Cualquier enfermedad degenerativa a los ochenta es más cara de tratar que un cáncer de pulmón a los sesenta. Además, los avances de la medicina van a tener un efecto neto de encarecimiento de los tratamientos. Como consecuencia, el gasto en sanidad va a crecer muy por encima del PIB nominal.

  La situación no es desesperada. Existe una cura que todo lo puede, que es el crecimiento y la productividad. La productividad podría hacer posible que hasta con dos trabajadores por persona retirada cuadrasen las cuentas. Lo preocupante es que en estos momentos, con la economía lanzada y con un déficit público moderándose, éste aún contribuye a más de la mitad del desequilibrio por cuenta corriente. La encrucijada a la que se enfrenta Estados Unidos es que cualquier cambio drástico en los gastos públicos o en las pautas de ahorro de los hogares puede tener efectos importantes sobre el crecimiento. Si en los días de vino y rosas estamos en déficit, ¿qué pasará cuando cambie el panorama? La CBO prevé una mejora en los próximos años, pero lo que no convence de esta previsión es que requiere que los años de vacas gordas sean bastantes más de siete.





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