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  Europa del Este: el tren de la modernidad pasa por Bruselas  «Hemos visto la necesidad de la Unión como baluarte contra el peligro exterior, como garante de la paz entre nosotros, como guardián de nuestro comercio y de nuestros intereses comunes, como el único sustituto de las instituciones militares que han desbaratado las libertades del viejo mundo». A principios de la década de 1990 los países de Europa Central y Oriental, necesitados de pasar página en la historia y alcanzar el tren de la modernidad política, económica y social podrían haber suscrito estas palabras, que resumen como pocas la promesa que albergaba para ellos la anhelada adhesión a la Unión Europea (UE). El hecho de que hubiesen sido escritas en 1787 por James Madison, cuando otro continente se planteaba la unidad de los pueblos como única vía hacia el futuro, nos recuerda que aunque la historia nunca se repite a veces lo parece.
  Poco más de tres años tras la ampliación al este, es oportuno plantearse si dichos nuevos estados miembros están aprovechando su oportunidad. La respuesta que se desprende de este Informe Mensual, dedicado a la cuestión, es afirmativa. Los países de Europa Central y Oriental han crecido sensiblemente más que la UE-15 en la última década, reduciendo el enorme diferencial de renta per cápita que los separaba de Europa Occidental. Además, esta convergencia real se ha hecho gracias a la mejora de la productividad y a la inversión en capital, lo que revela una transición hacia la modernidad económica. Asimismo, se han beneficiado de importantes entradas de inversión extranjera directa y han aprovechado excelentemente las posibilidades que los acuerdos de desarme arancelario iniciados en 1995 les proporcionaban para avanzar en la integración comercial. Incluso en el crítico sector financiero, el proceso de puesta al día ha sido indudable.   El progreso económico ha sido, por tanto, notable, si se atiende a las precarias condiciones iniciales de partida. Pero la meta todavía no se vislumbra. Parafraseando a Churchill, quizás no están en el final, pero posiblemente sí en el inicio del final. Los propios países apuntan en sus Programas Nacionales de Reforma los retos pendientes: consolidación presupuestaria, inversiones en infraestructura y generación de capital humano. Además, la opinión de sus ciudadanos, recogida en la encuesta de opinión Eurobarómetro, está cargada de sentido común: les preocupa la situación económica, la inflación y su estado de bienestar. Y el común de los mortales acierta. Tienen retos estructurales pendientes de amplio calado, y el temor que a veces se ha mencionado es que con el incentivo de la adhesión expirado, el vigor reformador podría perder apoyo popular y político.   Y es que ¡qué lejos que estamos todavía unos de otros! En dicho Eurobarómetro, los ciudadanos de la UE-15 afirman preocuparse de inmigración, delincuencia, terrorismo, clima y medio ambiente. La distancia entre las agendas de unos y otros países nos recuerda que los nuevos miembros sólo tienen un pie en el estribo del desarrollo económico. No hay que llamarse a engaño. Se trata de un punto fuerte oculto en una debilidad: tienen un mundo que ganar y su arma es la Unión Europea. Sus ciudadanos se muestran en general más confiados en el futuro de la Unión que los de países con mayor pedigrí europeísta. Ellos apuestan por nuevas ampliaciones, mientras otros discursos son claramente refractarios a esta posibilidad. Y confían en mayor medida en las instituciones comunitarias, lejos del descrédito que a veces maneja el ciudadano de la antigua UE-15. En definitiva, su apuesta es Europa. ¡Cómo se parecen a la España de 1986!
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