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Informe Mensual, núm 332 - Febrero 2010
Coyuntura internacional - Recetas para la competitividad: similares ingredientes, distinta cocina
Competitividad, la palabra mágica ( 340,36 KB )
 

¿Cómo persiguen mejorar su competitividad los países?

  Decía Voltaire que la auténtica forma de alcanzar la felicidad es, precisamente, evitando perseguirla. Con la competitividad parece ocurrir algo semejante. Algunos de los países más competitivos del mundo no disponen de nada que se asemeje a una política nacional que persiga ampliar la competitividad del país. Así, si tomamos uno de los rankings de competitividad más habitualmente seguidos, el Global Competitiveness Report (GCR) del World Economic Forum, entre las 25 naciones líderes encontramos que, por ejemplo, Estados Unidos, que ostenta en 2009 la envidiable posición de segundo país más competitivo del mundo, no utiliza una estrategia nacional única que promueva la competitividad. No obstante, en ese grupo de economías altamente competitivas, también hallamos estados que intervienen activamente en la búsqueda de dicha competitividad. Son casos como Finlandia o Canadá, adalides de la promoción activa de la competitividad y que cuentan con recetas propias para hacer realidad sus objetivos.
  ¿Recetas para la competitividad? El símil culinario es apropiado. Los países que impulsan políticas de competitividad han de decidir no sólo los ingredientes adecuados y preocuparse de que sean de la máxima calidad, también entra en acción la mano experta del cocinero. Es decir, importa tanto la decisión sobre cuáles son las acciones idóneas para mejorar la competitividad del país como la forma de llevarla a cabo. En definitiva, qué hacer y cómo realizarlo. Será la combinación de ambas dimensiones de las políticas de competitividad, la sustantiva («el qué») y la de procedimiento («el cómo»), la que definirá el éxito, es decir, alcanzar las tan deseadas posiciones avanzadas en materia de competitividad.
  Antes de profundizar en la caracterización de dichas políticas, es obligado definir lo que se va a entender por competitividad en el presente recuadro. En línea con la forma que la mayoría de los economistas que siguen la cuestión entienden el concepto, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) lo define como el grado en el que un país puede, bajo condiciones de libre mercado, producir bienes y servicios que superen el examen de los mercados internacionales, al tiempo que se expanda la renta real del país a largo plazo. En definitiva, una economía competitiva debe exhibir la capacidad de mantener o de incrementar de forma sostenida la cuota nacional en los mercados internacionales de bienes y servicios.
  Siguiendo este criterio, los rankings de competitividad sencillamente deberían monitorizar indicadores como, por ejemplo, la cuota mundial de las exportaciones de un país. No obstante, cómo realmente se realizan dichos rankings es valorando no la competitividad en sí misma, sino los determinantes de dicho atributo. Así, por ejemplo, el mencionado GCR valora 12 pilares (o ámbitos), que permiten organizar los determinantes que subyacen a la capacidad competitiva de las naciones. Algunos son de carácter básico, prácticamente precondiciones de la competitividad, como el disponer de buenas instituciones, infraestructuras, sanidad y educación, o el beneficiarse de la estabilidad macroeconómica. Otros, en cambio, son más sofisticados, como la capacidad de innovación o la capacitación tecnológica. Similares determinantes utiliza otro referente en la materia, el ranking que publica la escuela de negocios de Suiza IMD.
  Las políticas de competitividad deberán, en buena lógica, elegir entre esa amplia variedad de determinantes aquellos en los que el país debe centrarse. Siguiendo con la analogía culinaria, los estados que opten por un enfoque comprehensivo de la cuestión y decidan dotarse de una estrategia nacional deberán precisar qué ingredientes componen su receta. Un estudio reciente del Reut Institute, en el que se comparan las estrategias nacionales de distintos países, nos proporciona algunas pistas.(1) Si tomamos cinco países que puntúan alto en los rankings de competitividad (Finlandia, Canadá, Taiwán, Reino Unido e Irlanda, todos ellos entre los 25 primeros del ranking GCR), se constata que, con la salvedad de este último país, los restantes optan por centrarse en determinantes de la competitividad identificados habitualmente como fundamentales en la literatura y en los informes de competitividad de referencia (véase el siguiente cuadro). Por ejemplo, la dotación de infraestructura, especialmente la relativa a las tecnologías de la información y la comunicación, es central en los casos de Irlanda, Taiwán y Finlandia. Otros aspectos que comparten algunos de estos países son los relativos al avance del capital humano o a la mejora del entorno competitivo en el que desarrollan sus actividades las empresas. Incluso en el caso de Canadá, que hace explícitos objetivos diferentes, cabe mencionar que tras ellos subyacen, de nuevo, algunos de los determinantes que los restantes países del estudio establecen como referencia.
  Frente a esta relativa similitud de la dimensión sustantiva de las políticas de competitividad, la de procedimiento muestra mayores diferencias, reflejo de culturas de lo público dispares. Así, y siempre de acuerdo con el mencionado estudio, una primera decisión clave que determina el cómo desarrollar las estrategias nacionales de competitividad es el de asignar, o no, la competencia a un organismo único dedicado a la promoción de la política. Ésa suele ser la opción preferida, ya que la siguen Irlanda, Reino Unido, Taiwán y Finlandia. Canadá, de nuevo, es la excepción.
  Otra decisión por tomar se refiere a la identificación de ámbitos que deben tratarse prioritariamente. Con la salvedad de Finlandia, que opta por no señalar áreas críticas, el resto de países sí las establecen. Un tercer aspecto de la instrumentación de las estrategias nacionales es la disyuntiva entre establecer o no objetivos de carácter operativo en los ámbitos de interés (como, por ejemplo, la asignación a finalidades específicas de ciertos montantes de los programas federales de investigación y desarrollo). La opción mayoritaria es no determinarlos, posición de la que se aleja Canadá, que prefiere marcarlos. Un último aspecto en el que existen diferencias es el referido al hecho de hacer públicas las recomendaciones. Únicamente el Consejo Nacional de Competitividad irlandés publica anualmente lo que denomina los «Retos Competitivos Anuales», en los cuales formula recomendaciones. A un nivel más operativo, todos los países que siguen estrategias nacionales de competitividad optan por establecer una batería de indicadores y una serie de países, o grupos de países, de referencia. Se trata, lógicamente, de mirar hacia referentes claros en materia de competitividad, aunque no deja de sorprender que, en un mundo global, Finlandia opte por centrar su foco de atención en países europeos.
  Decíamos al inicio que Voltaire creía que la felicidad sería la resultante de hacer cosas distintas a buscarla. La competitividad, y éste sería también del caso de otras variables, como la productividad (intrínsicamente ligada, por cierto, con la competitividad), es la resultante observable de hacer bien muchas cosas. Algunos países las hacen, otros no. Algunos países las promueven activamente, otros de forma más pasiva. Y unos pocos, además, entre ellos los que hemos analizado, las persiguen con mecanismos institucionales coordinados y globales. Probablemente, el efecto más tangible de estas estrategias sea, de hecho, inmaterial, y es el mantener en la agenda política la centralidad de la competitividad como instrumento para garantizar la prosperidad futura. Si ello sirve para que continúen haciendo bien lo que ya hacen, bienvenido sea.
  (1) The Reut Institute (2007): Competitiveness indices. Tools for Policy Design.
  Este recuadro ha sido elaborado por Àlex Ruiz
  Departamento de Economía Internacional, Servicio de Estudios de "la Caixa"




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