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  Desde 2005 se observa una moderación en la intensidad de consumo de energía por unidad de PIB  Uno de los factores que explica el desarrollo de las economías occidentales en las últimas décadas es el acceso fácil y relativamente barato a la energía. El avance del consumo es un signo externo de esta prosperidad y uno de sus mejores exponentes es el parque de automóviles: en 1980 circulaban por España algo menos de 7 millones de automóviles, mientras que hoy tenemos más del triple. Pero la energía va siendo cada vez más cara, las preocupaciones medioambientales derivadas del uso de determinados combustibles son cada vez mayores y los proveedores suelen pertenecer a zonas geográficas conflictivas, lo que provoca inestabilidad e incertidumbre. Esta mayor sensibilización sobre los efectos de la energía hace que algunos se pregunten si en las próximas décadas la energía podrá seguir ejerciendo el mismo papel que hasta ahora. En este recuadro no se pretende responder a una pregunta tan compleja, sino simplemente poner de manifiesto que en el caso de la economía española, al igual que sucede en general en las economías desarrolladas, los efectos negativos de la energía parecen ser algo menos importantes y que es posible mejorar la eficiencia energética.   España es un país dependiente de la energía importada. La mayor parte de lo que consumimos lo debemos importar de países lejanos. En 2006, el grado de autoabastecimiento energético no llegaba al 20%, mientras que en 1986 alcanzamos el 37%, según los cálculos del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Lógicamente, esta importación de materias primas energéticas perjudica nuestra balanza comercial con el exterior, ya de por sí deficitaria. El desequilibrio energético supone un tercio de un déficit comercial total que en el tercer trimestre superó el 9,4% del producto interior bruto (PIB). Puestos a buscar protagonistas, el papel estelar queda reservado al petróleo que, ya sea por apetencias de los consumidores o por encarecimiento, representa él solo la cuarta parte del déficit comercial total.
  El punto de partida de España es de clara desventaja, pero lo negro se puede tornar en antracita e incluso trocarse en gris perla. Para empezar, la supuesta debilidad geoestratégica que supone la dependencia del exterior no lo es tanto ya que la diversificación de países proveedores ha aumentado. En 1995, según los datos del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, el petróleo importado que venía de Arabia Saudita, Irán, Libia y Nigeria era más de la mitad del valor monetario de las importaciones totales de petróleo, mientras que en los diez primeros meses de 2007 apenas superó la cuarta parte. En el mismo periodo, la parte de las importaciones energéticas que llegó de Oriente Medio se redujo del 22,6% al 15,8% del total. Por otra parte, la cuota que representaba el gas de Argelia llegó en 2001 a un máximo relativo del 17,0% del total de importaciones energéticas para caer hasta el 10,3% de 2007. El aumento de la fracción que supone el petróleo de Rusia, del 7,5% al 16,8%, evita, por lo que supone de diversificación, más riesgos de los que aporta.
  Otro frente de problemas está en la subida de los precios de los hidrocarburos, que incide directamente sobre la inflación. En cinco años, el oro negro ha cuadriplicado su precio en dólares. Su efecto sobre la inflación es evidente. Sin embargo, el león es algo menos fiero de lo que parece. La influencia de los precios energéticos en los índices de precios del consumo que excluyen la energía es menor que en épocas anteriores. Según Blanchard y Galí(1) las causas están en un menor peso del consumo de petróleo en la economía, en una menor rigidez en los salarios y en unas políticas monetarias de los bancos centrales más concienzudas en el control de la inflación.   En el apartado de la balanza comercial pintan bastos pero tampoco se debe exagerar. Pese al drástico encarecimiento de los precios energéticos en el último lustro, el déficit energético apenas ha aumentado su participación en el déficit total. Pese a la proliferación de conductores y coches, lo cierto es que la última subida de los precios del crudo en los últimos tres años se ha soportado mejor que la de 1999-2000. Entre finales de 2003 y 2006, el oro negro se apreció en un 105%. A pesar de ello, si a finales del año 2000 las importaciones totales de energía representaban el 3,8% del PIB, en 2007 su importancia relativa había aumentado apenas hasta el 4,0%.   Por último, podemos preguntarnos si hacemos un uso adecuado de la energía que consumimos. El punto de partida es regular, con una economía que por cada euro de PIB gasta en una línea similar a sus socios europeos pero con la diferencia de que hasta 2005 evolucionaba al alza. Está además la asignatura pendiente del consumo de carburantes para el transporte. Aquí, según datos de la Agencia Internacional de la Energía, el consumo por unidad de PIB era en 2005 un 28,7% superior a la media de los países europeos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, diferencia que evolucionaba al alza. En cambio, la industria, que suele aparecer como el principal culpable del derroche energético, ha moderado sustancialmente su contribución al consumo final energético total.   Desde 2005, se aprecia una moderación en la intensidad energética, es decir, en el consumo final de energía por unidad de PIB. No hay todavía evidencias concluyentes de que exista un cambio estructural en este sentido o de si se trata de un giro de la economía hacia sectores menos intensivos en energía. La continuidad de este proceso dependerá de que se consolide el ahorro de oro negro y de que en el resto de fuentes de energía continúe la tendencia a la baja que empezó en 2005. La avidez energética es elevada y creciente, especialmente cuando se contempla el crecimiento del consumo por habitante. Algo se ha andado en el camino del ahorro energético, pero queda aún mucho trecho por recorrer.
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