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  Localización, la nueva dimensión en la organización empresarial  Las mejoras imparables en el transporte y las comunicaciones han cambiado radicalmente la organización y la estructura de las empresas, troceándolas y globalizándolas. En este contexto, han surgido una serie de fenómenos en torno a los que existe una cierta confusión. Términos como deslocalización, outsourcing (externalización o subcontratación) y offshoring se utilizan a menudo como sinónimos, aunque hay diferencias significativas entre ellos. Merece la pena aclarar el panorama.(1)   Cualquier empresa al organizar su actividad debe tomar decisiones en dos dimensiones fundamentales: propiedad y localización. En la primera de ellas –propiedad– la empresa decide qué bienes o servicios intermedios necesarios para la obtención del producto final produce ella misma y cuáles compra a otras empresas. La toma de decisiones de este tipo, ligadas a la posibilidad de fragmentar el proceso productivo en fases o tareas físicamente separables, no es algo novedoso sino que se remonta a los principios de la Revolución Industrial. Sin embargo, el abanico de actividades externalizadas ha ido aumentando con el paso del tiempo fruto de avances tecnológicos y logísticos. Otros factores, como rigideces en el marco de las relaciones laborales y aumentos en el nivel de competencia, también han alterado el equilibrio entre lo que debe ser producido dentro de una misma empresa y lo que vale la pena adquirir externamente. En la actualidad, subcontratar o contratar externamente servicios de contabilidad, informática o limpieza, reemplazando con ello los servicios que antes eran efectuados en el marco de la misma empresa, son ejemplos de cambios organizativos muy habituales.   En una segunda dimensión –localización– la empresa debe decidir qué bienes o servicios intermedios producir en el país propio y cuáles en el extranjero. La posibilidad de realizar algunas de las tareas de la actividad productiva en lugares lejanos al país donde se produce el bien o servicio final es relativamente reciente para la actividad de la empresa. Ello se ha visto facilitado en gran medida por la disminución en los costes de transporte convencionales (marítimo y aéreo) y en las barreras arancelarias y otras medidas equivalentes, y por los avances en las tecnologías de la información.   Las posibles combinaciones bajo estas dos dimensiones –propiedad y localización– generan los distintos fenómenos asociados a la globalización (como ilustra la tabla adjunta). Por ejemplo, cuando una empresa nacional decide localizar en el extranjero parte de la producción que antes realizaba domésticamente se da un proceso denominado offshoring, u outsourcing internacional. Ello puede instrumentalizarse a través de una filial, en cuyo caso hablamos de offshoring por deslocalización; o contratando a un proveedor externo, lo que se denomina offshoring por contratación externa. Cuando la empresa sigue produciendo todas las tareas en el propio país, pero decide contratar algunas de las tareas que antes producía ella misma a un proveedor externo estamos frente a un caso de outsourcing local.   El caso en que una empresa decide trasladar alguna fase de producción al extranjero puede dar origen a una inversión extranjera directa (IED), que puede ser entendida como una extensión del control corporativo más allá de las fronteras nacionales. Formalmente, la IED consiste en la compra de activos por parte de un residente extranjero cuando ésta conlleva tanto un interés a largo plazo como cierta influencia sobre la gestión de la entidad adquirida. Por tanto, cuando una empresa decide hacer offshoring por deslocalización está realizando IED. Sin embargo, no toda la IED implica un offshoring por deslocalización. Por ejemplo, si una empresa quiere aprovechar el potencial de un país extranjero y decide abrir una sede en dicho país para empezar a producir y vender en el mercado local por primera vez, estaríamos ante un caso de IED pero no de offshoring por deslocalización, puesto que para que éste último ocurra debe reemplazarse por producción extranjera una tarea que se producía localmente.   El offshoring se asocia a menudo con una pérdida de empleo a corto plazo en el país de origen. Sin embargo, una empresa que deslocaliza parte de su cadena de producción ve reducidos sus costes, o de forma equivalente se beneficia de un aumento de productividad, y ello puede redundar en un aumento de las ventas a medio plazo que contribuirá a aumentar el empleo global, incluido el del país de origen. Frecuentemente, la alternativa a deslocalizar parte de la producción, es decir, mantener todos los procesos de producción íntegramente en un país, no es viable en un contexto de fuerte competencia internacional y de importantes diferencias en las ventajas comparativas de distintos países y conduciría a mayores pérdidas de empleo.   En resumen, la globalización ha abierto las puertas a la creación de verdaderas cadenas de producción global y al aumento de los flujos de inversión directa entre países. Ello ha contribuido, sin duda, a mejoras en la productividad de la economía mundial por la vía de la especialización. Desafortunadamente, no se puede descartar el riesgo de un repliegue proteccionista que deshaga parte del camino andado, sobre todo en tiempos de crisis como los actuales.   Este recuadro ha sido elaborado por Claudia Canals   Departamento de Economía Internacional, Servicio de Estudios de ”la Caixa”
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