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Estudios y Análisis Económico > Información económica > Informe Mensual > Edición web 25-5-13
Informe Mensual, núm 324 - Mayo 2009
Editorial
Informe completo ( 1,4 MB )

 

¿Fin de la era de los excesos?

  Una peculiaridad de la actual recesión económica mundial es su alta sincronización, es decir, el elevado número de países que sufren un retroceso de la actividad prácticamente al mismo tiempo. Una recesión muy sincronizada internacionalmente es un fenómeno poco habitual, cuyos precedentes se remontan a los años 1975, 1980 y 1992, años de shocks petrolíferos. Aplicando el criterio de número de países en recesión, el Fondo Monetario Internacional calcula que la actual es la peor en 50 años.

  A pocos debe sorprender esta propagación de las corrientes recesivas. Durante años hemos asistido a la acumulación de importantes desequilibrios a nivel global. Economías como las de Alemania, Japón, China y otros países asiáticos han registrado persistentes superávits debido a su orientación exportadora y a un relativamente bajo nivel de consumo interior, con la consiguiente mayor capacidad de ahorro. En el otro extremo se han situado economías como las de Estados Unidos, Australia, España, Nueva Zelanda o Reino Unido, cuyas balanzas de pagos han sufrido pertinaces déficits comerciales derivados de sus elevados ritmos de gasto que resultaban en bajos niveles de ahorro. Además, están los exportadores de materias primas, cuyas boyantes ventas les han proporcionado, hasta no hace mucho, un elevado superávit comercial y abundantes reservas. La creciente interconexión comercial de las economías, sin importar apenas la distancia, constituye un fenómeno distintivo de la ola globalizadora que irrumpió con fuerza a partir de los años ochenta.

  La aceleración de los flujos comerciales ha sido posible y se ha sustentado en la globalización financiera, consecuencia a su vez de la liberalización de los movimientos de capitales y de la sofisticación de los sistemas financieros. Igual que en el ámbito comercial, el mundo se había dividido en dos partes: los ahorradores, a saber, los exportadores de materias primas junto con los exportadores netos de manufacturas; y los «gastadores», encabezados por Estados Unidos. La potencia americana ha estado absorbiendo buena parte del ahorro mundial en los últimos años a base de emitir deuda pública y otros activos denominados en dólares. Se trata de una situación que rompe el esquema tradicional según el cual los países en déficit son los emergentes y los que disfrutan de superávit son los desarrollados. Así fue en la anterior oleada globalizadora, entre finales del siglo xix y principios del xx, cuando Inglaterra, la primera potencia mundial, llegó a anotar un superávit del 9% del producto interior bruto.

  Los desajustes geográficos de las cuentas corrientes y de los flujos de ahorro, en un entorno de tipos de interés muy bajos, la reducción de primas de riesgo, el aumento de los precios de los activos y la asunción de inversiones de mayor riesgo han preocupado desde hace largo tiempo. Los intentos de explicación del fenómeno abrieron un interesante debate sobre su naturaleza y su persistencia, sus causas y sus consecuencias. Con el estallido de la recesión, se han puesto de manifiesto los riesgos en los que incurría la economía mundial. Cuando, a partir de la segunda mitad de 2007, las turbulencias atrapan a los sistemas financieros y los flujos de capital internacionales se frenan, las economías con déficit corriente se ven obligadas a ajustar rápidamente sus niveles de gasto al ahorro nacional. A su vez, el colapso en el comercio internacional a partir de finales de 2008 tiene unas nefastas consecuencias directas sobre los exportadores netos, que se ven obligados a ajustar bruscamente su nivel de actividad. En definitiva, los desequilibrios globales han exacerbado la actual recesión económica, de manera que parece éste un buen momento para reflexionar por qué estamos donde estamos y cuáles son las perspectivas futuras.





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