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    Según Woody Allen «el dinero no da la felicidad, pero produce una sensación tan parecida que sólo un auténtico especialista podría verificar la diferencia». Hasta la fecha, ni los especialistas más audaces han resuelto la disyuntiva, por lo que el genial cineasta demuestra tener una gran intuición. Eso... o sigue muy de cerca el debate sobre la relación entre riqueza y felicidad. Un debate que, en 1974, Richard Easterlin rescató de los anales de la economía y emplazó en torno a una pregunta: ¿si todos fuéramos más ricos, seríamos más felices?   De entrada, la gran mayoría anticiparíamos una respuesta resueltamente positiva y así lo reflejan las encuestas. Al ser preguntados por las circunstancias que ejercen una mayor influencia sobre nuestra satisfacción personal (o felicidad subjetiva), la respuesta incluye, casi siempre, las finanzas. Sir Richard Layard, uno de los grandes referentes del debate en cuestión, acuñó el término «los siete grandes» para referirse a los principales determinantes de la felicidad: las relaciones familiares; un trabajo estable y gratificante; la comunidad y los amigos; la salud; la libertad individual; los valores personales, y, cómo no, la situación financiera.   Sin embargo, los mismos sondeos sugieren que el dinero no es, ni mucho menos, la dimensión vital que más nos afecta. En una escala de 10 a 100, una separación matrimonial disminuye nuestro bienestar en 8 puntos y quedarnos sin trabajo o el deterioro físico lo reducen en 6, mientras que la pérdida de una tercera parte de los ingresos familiares sólo resta 2 puntos. Así pues, el impacto directo de cambios en la renta sobre la felicidad se anticipa modesto, sobre todo en relación con el que procuran las circunstancias familiares, el desempleo o la salud.   Un amplio sector de la literatura académica se adhiere a dicha tesis. Entre sus más acérrimos valedores destacan Sir Layard o el propio Easterlin, quien, en su influyente artículo de hace más de un cuarto de siglo, reveló una serie de resultados aparentemente contradictorios, que siguen hoy incitando al debate, y que le llevaron a descartar una influencia permanente de la riqueza sobre la felicidad.(1)   Por un lado, cuando se comparan individuos de un mismo país en un determinado momento del tiempo, los datos indican que mayor riqueza reporta mayor satisfacción; en Estados Unidos, por ejemplo, entre aquellos que más dinero ganan (el 25% superior de la distribución), el 45% se considera «muy feliz»; en cambio, sólo el 33% del cuartil más pobre se considera del mismo modo. Sin embargo, la magnitud del efecto se estima resueltamente modesto: un avance del 10% en la renta per cápita reportaría un aumento de felicidad en torno a 0,1 en una escala de 1 a 10.
  La comparativa entre países también revela una relación positiva entre renta per cápita y nivel reconocido de felicidad. Aunque, en un principio, Easterlin rechazó la hipótesis, la afluencia de nuevos datos corrobora que los habitantes de países ricos viven, en general, más satisfechos que los de países pobres (véase gráfico siguiente). Al mismo tiempo, el contraste internacional descarta la existencia de un umbral de renta a partir del cual mayores ingresos dejen de reportar satisfacción, aunque sí constata que un aumento de los ingresos conlleva menor satisfacción cuanto mayor sea la renta per cápita.(2)   La contradicción surge cuando dichos resultados se contrastan con la evolución del vínculo riqueza-felicidad a lo largo del tiempo. La mayoría de estudios concluyen que el nivel de felicidad en un país determinado prácticamente no varía a largo plazo, por mucho que sus ciudadanos se enriquezcan. El caso paradigmático es Estados Unidos, donde la satisfacción media se ha mantenido estable desde mediados del siglo xx, mientras la renta per cápita seguía una tendencia marcadamente ascendente (véase gráfico siguiente). ¿Cómo se reconcilia este dato con el hecho de que, año tras año, los estadounidenses más pudientes se proclamaran más felices que sus conciudadanos menos afortunados? He aquí la célebre paradoja de Easterlin: cuando la gente progresa respecto a su vecino es más feliz, pero cuando toda una sociedad se enriquece, no logra serlo.   Según Easterlin, la paradoja se resuelve si leemos los resultados con las lentes apropiadas: la privación y la pobreza resultan muy nocivas para la felicidad, pero una vez las necesidades básicas están cubiertas, lo que nos reporta satisfacción no es la renta absoluta sino la relativa y, a lo sumo, el efecto de la renta en términos absolutos es meramente transitorio. La lógica de fondo tiene un origen psicológico. La mente humana carece de una métrica interna que asigne valía a todo bien o condición, por lo que recurre a la comparación como método de valoración habitual. En el caso de los ingresos, les atribuimos más valor cuanto mayor sea su cuantía respecto a dos baremos: lo que perciben nuestros allegados (comparación social) y los propios ingresos de ayer. En la comparación retrospectiva, cabe tener en cuenta que el individuo se adapta eventualmente a casi cualquier situación y, en el caso de un aumento de la renta, esa adaptación conlleva una revisión al alza de las exigencias y aspiraciones: cuanto más ganamos, más aspiramos a ganar (expectativas adaptativas). Esa teoría (estabilidad hedónica o hedonic treadmill) explica por qué un aumento de la riqueza sólo ejerce un impacto temporal y efímero sobre la felicidad.
  Desde esta perspectiva, la comparación social justifica por qué si ganamos más dinero que nuestros conciudadanos o que el país vecino, nos sentimos más satisfechos. Por otra parte, cuando la economía prospera, tanto el «listón» social como el retrospectivo se elevan de modo que un aumento de los ingresos, en un contexto de crecimiento económico, no procura una influencia permanente sobre la felicidad. Como mucho, reporta una mejoría transitoria hasta que las aspiraciones se ajusten completamente a las nuevas circunstancias. Ello explica la tendencia humana a permanecer en un nivel relativamente estable de felicidad.   Con todo, se barajan otras hipótesis como la de que la riqueza sí habría contribuido a la felicidad desde la Segunda Guerra Mundial pero su efecto habría sido contrarrestado por un deterioro del resto de determinantes, en especial, la harmonía de las relaciones personales. Asimismo, un artículo reciente ha reanimado el debate defendiendo con nuevos hallazgos que la felicidad no sólo depende de la renta relativa sino, sobre todo, de la absoluta.(3) Su tesis sostiene que una mayor remuneración permite satisfacer aspiraciones adicionales (intelectuales, etc.) más allá de las necesidades básicas, por lo que, cuando la economía crece, la felicidad también lo hace. El propio Easterlin no ha tardado en refutar estas conclusiones, argumentando que el marco temporal que consideran es demasiado corto y que la relación que identifican captura un impacto transitorio de los ingresos sobre la felicidad.   En definitiva, los expertos siguen divididos entre quienes descartan una influencia permanente de los ingresos sobre la felicidad y quienes disienten. Con todo, nadie niega que a mayor riqueza, mayores y mejores oportunidades. Se trata de elegir aquellas que nos reporten un deleite mayor y más duradero y, al mismo tiempo, gestionar inteligentemente las emociones, evitando, en lo posible, la trampa de la relatividad y las carreras sin sentido. Además, aunque no repercuta directamente sobre la felicidad, la mejoría económica conlleva avances en otros de sus determinantes, como la salud o la libertad personal. Lo dijo también Woody Allen: «el dinero no puede comprar la felicidad, pero sí un mejor tipo de miseria». Sin duda, otra gran intuición.   (1) Easterlin, R. (1974), «Does Economic Growth Improve theHuman Lot? Some Empirical Evidence.», en P. A. David&M.W. Reder (eds.), Nations and Households in Economic Growth: Essays in Honour ofMoses Abramowitz. Academic Press, NY.   (2) Nótese que el gráfico anterior está en escala logarítmica y que, por lo tanto, refleja la naturaleza de esta relación.   (3) Wolfers and Stevenson (2008), «Economic Growth and Subjective Well-Being: Reassessing the Easterlin Paradox», Brooking Papers of Economic Activity.   Este recuadro ha sido elaborado por Marta Noguer   Departamento de Economía Internacional, Estudios y Análisis Económico, "la Caixa"
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