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    La gran recesión que afectó a la economía mundial en 2008 y 2009 ha dejado una larga lista de damnificados. Su impacto sobre el PIB y el empleo es relativamente conocido. Lo que no está tan claro, sin embargo, es cuál ha sido su efecto sobre el bienestar o la felicidad, un concepto mucho más difícil de medir. Aunque no hay duda de que los ciclos económicos alteran nuestra felicidad, los esfuerzos por determinar la magnitud de su influencia han sido más bien escasos.
  Un estudio de hace unos años de Di Tella et al. (2003)(1) analiza la relación entre las principales variables macroeconómicas y el nivel de satisfacción personal de los ciudadanos europeos medido a través de las encuestas del Eurobarómetro. Concluyen que el deterioro del PIB influye, ciertamente, sobre la felicidad pero no explica, por sí sólo, la pérdida reconocida de bienestar que acarrea una crisis económica (véase el gráfico anterior izquierdo). Los efectos no pecuniarios de los ciclos económicos parecen ser muy significativos. En particular, un retroceso de la actividad económica conlleva pérdida de empleos y aumento de la incertidumbre, lo que reporta un coste psicológico que puede mermar la felicidad de las personas incluso más que la pérdida del salario. Según las estimaciones del estudio mencionado, estaríamos dispuestos a renunciar al 3% de nuestra renta anual a cambio de evitar la inseguridad que acarrea una recesión típica en la que la tasa de desempleo aumenta 1,5 puntos porcentuales.   El desempleo se anticipa, ciertamente, muy costoso para la felicidad: el trabajo no sólo nos reporta ingresos sino que, al mismo tiempo, añade sentido a nuestras vidas, pues nos permite desarrollar nuestro impulso creativo y sentir que contribuimos a la sociedad. Por ello, la pérdida del empleo no sólo acarrea un coste pecuniario inmediato, por el salario que uno deja de percibir, sino también una pérdida de autoestima y de vínculos sociales, factores que influyen notablemente sobre nuestro estado de ánimo. Además, perder el trabajo puede suponer una pérdida irrecuperable de parte del potencial productivo si el trabajador había desarrollado capacidades y aptitudes específicas que no son transferibles a otro empleo.   Sea cual sea el mecanismo de influencia, los estudios constatan un notable impacto de la propensión de una economía a crear o destruir ocupación sobre la felicidad (véase el gráfico anterior derecho). Se estima que perder el trabajo reduce la probabilidad de reportar niveles positivos de satisfacción en un 20% y que el desgaste adicional de bienestar que comporta el desempleo, más allá de la pérdida de ingresos, equivale a la mitad de la renta anual que uno deja de percibir. Además, no sólo sufren quienes se quedan sin trabajo sino también aquellos que siguen trabajando pero afrontan un mayor riesgo de desempleo y viven, por tanto, en circunstancias más inciertas e inestables. Con todo, algunos resultados sugieren que cuanto más elevada es la tasa de desempleo, menos infelices se consideran aquellos que están sin trabajo. Parece que el estigma que conlleva estar desempleado en un contexto de altas tasas de desempleo es mucho menor que en un contexto de bajo desempleo y ello más que compensa las mayores dificultades de encontrar un nuevo empleo.   La importancia del desempleo sobre el bienestar sugiere que las expansiones y las recesiones de la actividad económica tienen un impacto asimétrico sobre la felicidad. Ello se debe, en gran medida, a que, típicamente, una expansión del PIB provoca una disminución gradual de la tasa de desempleo, o su estabilización, mientras que una recesión tiende a asociarse con una destrucción intensa de empleo y un repunte más abrupto de la tasa de paro.   El caso de España ilustra este fenómeno: entre 2000 y 2008, el PIB real creció un 27,6% en términos acumulados, mientras el paro se reducía en 2,5 puntos porcentuales, hasta el 11,3%. En 2009, en cambio, un descenso del PIB del 3,6% ha supuesto un incremento de 6,7 puntos porcentuales en la tasa de paro. Ello nos puede ayudar a entender por qué la proporción de ciudadanos que se declaran satisfechos con su vida retrocedió en 2009 hasta niveles de 1998. Aunque estos rasgos se advierten en otros países desarrollados, lo hacen con menor intensidad. El año pasado, el PIB de las principales economías industrializadas disminuyó de media un 4,2%, mientras que el paro aumentó 2,1 puntos porcentuales.   Por otra parte, se ha demostrado que, a nivel individual, atribuimos mucho más valor a una pérdida, ya sea pecuniaria o personal, que a una ganancia de igual magnitud. Así pues, por ejemplo, la pérdida de satisfacción que reporta una disminución de la renta de 2.000 euros es, en general, mayor que la mejoría que conlleva una subida equivalente del salario. Dicho fenómeno, conocido como «aversión a la pérdida», también explica, en parte, la asimetría observada en el impacto del ciclo económico sobre el bienestar, según dicho ciclo se halle en fase expansiva o recesiva.   En definitiva, una crisis económica impone costes sobre el bienestar que van más allá de la pérdida de la caída del PIB y la pérdida de ingresos. El desempleo nos hace especialmente infelices; no sólo a quienes pierden el trabajo sino también a quienes temen perderlo. Por ello, emprender medidas que minimicen la pérdida de empleo puede surtir un impacto nada desdeñable sobre el bienestar de la sociedad. Desde que empezó la recesión, España ha cedido seis puestos en el ranking de la felicidad de la Unión Europea. Para recuperar los niveles pre crisis, la tasa de paro debería reducirse en torno al 10%-11% en los próximos cinco años. Hasta entonces, no podremos sentenciar el fin de la recesión; no, al menos, en términos de felicidad.   (1) Entre las referencias utilizadas en la elaboración de este recuadro destacan Di Tella, R., MacCulloch, R. y A. Oswald (2003), «The Macroeconomics of Happiness», The Review of Economics and Statistics, vol. 85 (4), págs. 809-827 y Clark, A. (2003), «Unemployment as a Social Norm: Psychological Evidence from Panel Data», Journal of Labor Economics, vol. 21 (2), págs. 323-351.   Este recuadro ha sido elaborado por el Departamento de Economía Internacional   Estudios y Análisis Económico, "la Caixa"
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